Sonatas

08 sonatas

Durante su viaje a Italia, tras visitar una basílica florentina, Stendhal sufrió un extraño vértigo. Él mismo lo explica en su libro Nápoles y Florencia: un viaje de Milán a Reggio: «Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme».

Por haberla descrito tan certeramente, se le puso su nombre a esa sensación de taquicardia, mareo y desvanecimiento provocada por la exuberancia del goce artístico ante una extraordinaria acumulación de belleza. El recuerdo del síndrome de Stendhal nos llega aquí «por caso de cerebración inconsciente», como a Rubén Darío la imagen del marqués de Bradomín en su soneto autumnal, pero en cualquier caso no es aventurado afirmar que, de haber podido leerlas, Stendhal hubiese padecido ante las Sonatas una sensación semejante a la vivida en Florencia: tal es la impresión de belleza que provocan las palabras y frases con que se teje esa maravilla de la escritura (aunque tal vez debiéramos decir las notas y frases musicales de esta composición, pues nos hallamos ante uno de los más aquilatados ejemplos de prosa musical) que el lector se dispone a leer.

«De la musique avant toute chose»

A los dos o tres minutos de empezar las Sonatas de don Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936), el lector adquiere la certeza absoluta de que se halla ante una de las obras cumbre de la literatura universal. Basta paladear las palabras esmeradamente buscadas, dejarse llevar por la musicalidad de la frase, percibir el ritmo de los sonidos y los sentidos en nuestro interior o dejarse atrapar por las atmósferas sugestivas y envolventes que el autor sabe crear a cada punto con su singular toque de varita, para ser seducido por el relato aun antes de haber tomado contacto con la historia y peripecias de sus inolvidables personajes.

Como había recomendado Verlaine en su célebre soneto dedicado al arte póetica, para escribir era preciso preferir la música a cualquier otra cosa («De la musique avant toute chose»). La musicalidad es uno de los primeros requisitos del preciosismo modernista y las Sonatas lo cumplen rotundamente desde el mismo título, propio de una composición musical, hasta la última de sus notas. Son textos escritos para ser escuchados, ya sea leyéndolos en voz alta, ya sea atendiendo al sonido de nuestra voz interior. Este efecto se consigue merced al magistral empleo de todos los recursos fónicos, léxicos y sintácticos del modernismo literario: jugando con los sonidos, las rimas y los ritmos, combinando énfasis y pausas, escogiendo un léxico armonioso o cuidando con esmero la colocación de las palabras en la frase para embellecer la melodía de las frases. La perfección formal es un requisito en las Sonatas, como en la música.

Además de con la musicalidad del lenguaje, las Sonatas captan la atención de nuestros sentidos gracias a su gran plasticidad. El principio horaciano que aconsejaba trabajar la poesía como la pintura («Ut pictura poesis») lo lleva Valle-Inclán al extremo empleando imágenes de gran belleza visual y llenando su texto de referencias sensoriales. Su efectismo cinematográfico avant la lettre es hijuelo asimismo de otra de las grandes cualidades de Valle-Inclán: ese don para representar la acción que lo llevó incluso a invadir el terreno del director de escena con sus famosas, estupendas y detalladísimas acotaciones teatrales. De modo que son todos nuestros sentidos los que resultan estimulados por efecto de estas obras, en cuyas descripciones de atmósferas y paisajes, de objetos de arte y de elementos de la naturaleza, entra en juego el gran poder evocador del artista con su rica paleta de colores y sonidos, principalmente, pero también de texturas, sabores y aromas.

Un Don Juan feo, católico y sentimental

Mientras que el estilo de las Sonatas es la quintaesencia de la estética modernista, la historia que nos cuentan es una originalísima, y muy divertida, revisión del mito de Don Juan. La edición de la Sonata de otoño de 1902, la primera de las novelas en ser publicada, apareció precedida de la siguiente nota: «Estas páginas son un fragmento de las Memorias Amables que ya muy viejo empezó a escribir en la emigración el marqués de Bradomín. Un Don Juan admirable. ¡El más admirable tal vez! Era feo, católico y sentimental». Años más tarde, en una entrevista de 1926, Valle-Inclán explicó con más detalle su propósito: «En [las Sonatas] intenté tratar un tema eterno. […] Don Juan es un tema eterno y nacional: pero don Juan no es esencialmente conquistador de mujeres; se caracteriza también por la impiedad y por el desacato a las leyes y los hombres. En Don Juan se han de desarrollar tres temas. Primero: la falta de respeto a los muertos y a la religión, que es una misma cosa. Segundo: satisfacción de sus pasiones saltando sobre el derecho de los demás. Tercero: conquista de las mujeres. Es decir: demonio, mundo y carne, respectivamente […] Los Don Juanes anteriores al marqués de Bradomín reaccionan ante el amor y ante la muerte; les faltaba la naturaleza. Bradomín, más moderno, reacciona también ante el paisaje.»

En la singular caracterización de este Don Juan tiene mucho que ver, por otra parte, su condición de alter ego de Valle-Inclán. Al igual que Wilde, Valle-Inclán opinaba que «una máscara es más elocuente que un rostro». Las Sonatas se presentan como las memorias de un personaje, el marqués de Bradomín, que a pesar de haber nacido en la imaginación de Valle-Inclán, adquirió a menudo existencia corpórea encarnado en su propio autor. Para un dandy —aunque de la bohemia oscura y pobre, la de la aristocracia espiritual— como Valle-Inclán, la vida debía ser vivida como una obra de arte, y los mundos creados por la imaginación tenían un valor infinitamente superior a las realidades prosaicas a que estaban condenados los seres incapaces de soñar. Oigamos el siguiente comentario del marqués de Bradomín en la Sonata de invierno: «Callé compadecido de aquel pobre fraile que prefería la historia a la leyenda y se mostraba curioso de un relato menos interesante, menos ejemplar, y menos bello que mi invención». Así que, en ese íntimo diálogo entre realidad y ficción, entre autor y personaje, es difícil decidir quién de los dos influyó más en el otro.

Las cuatro estaciones

Estas memorias del marqués de Bradomín se nos presentan de una forma fragmentaria y en desorden. Cronológicamente, la primera en aparecer fue la Sonata de otoño, publicada a mediados de 1902, y luego seguiría una entrega cada año: la Sonata de estío en 1903, la Sonata de primavera en 1904 y la Sonata de invierno en 1905. A pesar de la fragmentariedad, y de que cada obra puede leerse perfectamente como un libro independiente, las cuatro novelas están llenas de referencias cruzadas, lo que hace de ellas una obra unitaria, y además existe el hilo conductor de las cuatro estaciones, que estructura simbólicamente los relatos al coincidir con las etapas de la vida del protagonista.

La Sonata de primavera se desarrolla en Italia, donde un joven y atrevido marqués de Bradomín llega al palacio Gaetani para entregar el capelo cardenalicio a monseñor Gaetani y allí trata de conquistar a la hija mayor de la princesa, María Rosario, que está a punto de tomar los hábitos. La Sonata de estío transcurre en México y la atmósfera lujosa del palacio primaveral cede el paso a una naturaleza tropical para enmarcar la tempestuosa pasión del marqués en la flor de la madurez y la Niña Chole, hija y amante de un bandolero. En la Sonata de otoño el paisaje es la melancólica Galicia, como corresponde a la historia de amor otoñal de un marqués reflexivo y nostálgico, que acude a la llamada de su prima Concha, moribunda en el pazo que fue escenario de sus antiguos y recordados amores. En la Sonata de invierno el marqués, tras ser herido defendiendo la causa carlista, se recupera en un convento de Navarra y allí se despide del amor, «acaso para siempre», viviendo una invernal y morbosa historia de amor con la jovencísima Maximina.

Al final de la última de las novelas el protagonista y narrador se plantea escribir sus memorias. La obra en conjunto no seguirá un hilo narrativo, ni por supuesto la estructura de un diario. Por el contrario, el narrador dejará muchos huecos en su vida y escogerá contar sólo las escenas que más han impresionado su memoria, como el pintor de la propia existencia que selecciona los motivos precisos para lograr una composición bella y armoniosa sobre el lienzo.

La sonrisa del demiurgo

Unas líneas atrás hicimos alusión a la «muy divertida» revisión del mito de Don Juan en las memorias de Bradomín. Podría preguntarse qué hay de divertido en unas novelas cuyo tema principal son las distintas formas del pecado y el sacrilegio y cuyo argumento es una suma de episodios trágicos de amor, de enfermedad y de muerte. La respuesta es que Valle-Inclán escribe sus Sonatas desde una posición tan distanciada y elevada que no nos permite tomarnos del todo en serio las peripecias y sufrimientos de su personaje.

Lo cierto es que Valle-Inclán se tomaba tan en serio las aventuras de su Don Juan como Cervantes las andanzas del Amadís de Gaula. Este rasgo de estilo no siempre fue entendido. Críticos de primer nivel, que no percibieron la ironía, denostaron estas novelas por su preciosismo tópico, su inhumanidad y su falta de sinceridad. El humor de Valle-Inclán en las Sonatas sólo empezó a ser comprendido cuando se comprendió el más evidente humor de su posterior etapa, la de los esperpentos. Lo que el genial escritor estaba haciendo era servirse de todos los recursos formales del esteticismo modernista para ponerlos al servicio de un planteamiento narrativo radicalmente nuevo.

Así pues, contra lo que podía parecer tras una lectura superficial, el estilo del modernismo de Valle-Inclán y el del esperpento respondían a las mismas tres claves: el distanciamiento artístico, la impasibilidad sentimental y la estilización deformante, hacia el preciosismo en el primer caso y hacia lo grotesco en el segundo.

Quedaba por saber qué había tras esa voluntad de estilo, qué cosmovisión sustentaba ese innovador planteamiento narrativo que veía la realidad «desde un plano superior», de dónde procedían la ironía y el humor que impregnaban por igual las prosas galantes y los esperpentos valleinclanescos. Estudios sobre el tratado de arte La lámpara maravillosa como el llevado a cabo por el profesor Carlos Gómez Amigo fueron los que acabaron por arrojar luz sobre el significado de la estética de Valle-Inclán, al demostrar que sus principios estéticos estaban basados en un sistema coherente de conceptos metafísicos, concretamente el de la teosofía. Como su personaje Don Estrafalario de Martes de Carnaval, Valle-Inclán «quería ver el mundo desde la perspectiva de la otra ribera» y lo lograba en la medida en que era el demiurgo, es decir, el artífice o hacedor del mundo que creaba con sus palabras. Vistos así desde un plano superior, «levantado en el aire», los actos humanos resultan absurdos y ridículos, porque «las lágrimas y las risas nacen de la contemplación de cosas parejas a nosotros mismos». De ese punto de vista nace la estética del desapego, que es «una superación del dolor y de la risa, como deben de ser las conversaciones de los muertos al contarse historias de los vivos». Y de ahí el humor de Valle-Inclán, una sonrisa tan profunda y enigmática como la de la Mona Lisa, la sonrisa del demiurgo.

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