Memorias del Príncipe de Talleyrand

Memorias del príncipe de Talleyrand. Colección Desván de Hanta editorial Biblok

Existe algo irresistible en la impasibilidad. Si la vida es pasión y movimiento, la intuición nos dice que el desapego y la quietud deben de ser características divinas. Ésa fue la asociación de ideas que acudió a la mente de Johann Wolfgang von Goethe cuando, en la Conferencia de Erfurt de 1808, vio por primera vez el rostro impasible, enigmático y sereno de Talleyrand. En la muy atendible primera impresión del vate alemán, el diplomático francés aparecía como un ser situado por encima del bien y del mal: «No he podido impedir el pensar en los dioses de Epicuro que moran allá donde son desconocidas la nieve y la lluvia, donde nunca alienta la tempestad».

No fue Goethe el único que quedó impresionado al contemplar el rostro de Talleyrand, que reproducimos junto a estas líneas. Muchos otros lo glosaron, unos desde la atracción, como Henry Lytton Bulwer, admirado por esa soberbia muestra de autocontrol, otros desde la repulsión, como el vizconde de Chateaubriand, para quien esa «cabeza de muerto» era la expresión más acabada del alma fría y calculadora tan odiosa para un romántico; pero nadie que la conoció de cerca quedó indiferente ante esa indiferencia, ni ningún ser humano que lo sufrió fue capaz de responder con desdén a ese, al menos en apariencia, olímpico desdén.

Victor Hugo, que odió a Talleyrand sin poder evitar sentir una enorme fascinación por él, escribió una necrológica que se hizo muy popular, y que contribuyó a grabar la imagen del personaje, más bien negativa, que ha quedado para la posteridad: «Era un personaje extraño, temido e importante […] Era noble como Maquiavelo, eclesiástico como Gondi, apóstata como Fouché, espiritual como Voltaire y cojitranco como el diablo […] Durante cuarenta años, desde su palacio y desde el fondo de su pensamiento dirigió Europa. Recibió la Revolución con una sonrisa, en verdad irónica, pero nadie pudo darse cuenta. Había conocido, observado, penetrado, conmovido, revuelto, profundizado, fecundado, burlado a todos los hombres de su tiempo y las ideas de su siglo. Hubo en su vida minutos en los que tuvo en su mano los cuatro o cinco hilos formidables que movían el universo civilizado […] Usó como marioneta a Napoleón».

Tiene sentido iniciar un prólogo sobre Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord (1754-1838) señalando el enigma de su rostro, porque tratar de descifrar ese enigma es el mejor camino para acercarnos al perfil del autor de estas Memorias, habida cuenta de que en ellas no se habla del hombre de carne y hueso, de la persona que se ocultaba tras la máscara del diplomático. En efecto, fiel a lo que fue su existencia, Talleyrand apenas habla acerca de su vida privada. Un príncipe de la Elegancia como él debía de considerar ese tipo de Memorias privadas como una suerte de obscenidad absolutamente inadecuada para una persona de su categoría. Talleyrand, por el contrario, escribe para dejar constancia de su trabajo, con responsabilidad y por respeto a la historia, y lo hace con disciplina, dedicación y objetividad.

«No sé qué título dar a este escrito —escribe en el frontispicio de su obra—. No puedo llamarla Memorias, porque escondo todo lo que puedo mi vida y mis relaciones. Dar a este escrito el título de Mi opinión sobre los asuntos de mi tiempo quizá fuera exacto, pero parecería demasiado definido para ir al frente de la obra de un hombre que ha dudado tanto durante su vida.» Y con ese propósito explícito el político, diplomático y estadista que dirigió la política exterior de Francia de finales del siglo XVIII e inicios del XIX y que influyó de manera muy notable en el diseño de la nueva Europa, tras las guerras napoleónicas, se muestra ante nuestros ojos en plena actuación. Sus Memorias son un impresionante documento histórico de extraordinaria importancia, escrito con mesurada distancia por un protagonista de la historia con una prosa elegante, concisa y clara. Las escribió a lo largo de una larga y prolífica vida, por lo que su desmesurada extensión —cinco voluminosos tomos en su edición original francesa— obligó al autor de la presente traducción, el profesor Jesús García Tolsa a realizar una selección, en que, sin omitir nada de lo esencial, siguió el criterio de exponer su actuación en los momentos cruciales de su larga historia política y diplomática.

Nos muestran cómo las grandes decisiones requieren de un análisis detallado y riguroso desde todos los ángulos posibles, un retrato del ser humano realizado desde un profundo conocimiento de los hombres y las mujeres y sus pasiones, su afán de riquezas, honores y caprichos. Son páginas donde se muestra por extenso el modo de enfrentarse a los más difíciles, turbios y endiablados asuntos políticos de una de las cabezas más dotadas para ello en la historia de la humanidad. Este cronista excepcional nos explica en estas páginas el secreto de su oficio, su manera de negociar, de manipular o de sorprender a los enemigos, siempre desde la agudeza, la inteligencia y el buen gusto: l’esprit de finesse.

El diplomático impasible

Lo primero que cabe decir acerca de esa legendaria impasibilidad de Talleyrand es que no era algo surgido del personaje de manera involuntaria. Todo lo contrario, el rostro impenetrable de Talleyrand era el resultado de una explícita «voluntad de estilo», de una personalidad trabajada con plena conciencia. El propio Talleyrand dejó clara cuál era su intención en una carta enviada a la condesa de Kielmansegge: «Quiero que durante siglos se siga discutiendo lo que he sido, lo que he pensado, lo que he deseado». Otra de las conocidas expresiones sobre nuestro personaje la debemos al mariscal Lannes, quien dijo en una ocasión, refiriéndose a Talleyrand: «Si, cuando os está hablando, su trasero recibiese un puntapié, su cara no os advertiría de ello».

Parece razonable pensar que un rostro hermético, impenetrable, actualmente asociado al del jugador de póquer —y cabe recordar, por cierto, que el juego conformó, junto con las mujeres y el ejercicio del poder, la tríada de vicios a los que Talleyrand se consagró con mayor interés—, debía resultar una herramienta muy útil para quien pasa por ser el más experto conocedor de la «técnica» diplomática en la historia de la humanidad.

Talleyrand es un clásico de la diplomacia y sus Memorias son un auténtico libro de texto de la profesión. En sus páginas asistimos a relevantes reuniones y conocemos el último sentido de sus intervenciones, nos desvela sus maniobras privadas y sus estrategias para conseguir el mejor trato de sus rivales plenipotenciarios y recoge minuciosamente los textos de los tratados internacionales señalando la importancia de cada palabra y cada coma para lograr sus objetivos. Los éxitos de su labor diplomática, en especial el duradero equilibrio europeo que siguió al Congreso de Viena, en buena medida obra suya, no quedan empañados por la constatación de que el Talleyrand sacaba un gran provecho económico de todos los acuerdos que firmó a lo largo de su dilatada existencia. Talleyrand no ocultó sus vicios, pero siempre se enorgulleció de ser un hombre de Estado. Al final de su vida escribió: «Llegado a los ochenta años, al traer a mi memoria los actos numerosos de mi vida política, que ha sido tan larga, y al pesarlos en el santuario de mi conciencia, recojo en definitiva este resultado: que de todos los gobiernos a los cuales he servido, no hay ninguno de quien haya recibido yo más de lo que le he dado; que no he abandonado a ninguno antes de que él se hubiera abandonado a sí mismo; que no he puesto los intereses de ningún partido, ni los míos personales, ni los de mis allegados, en contrapeso con los verdaderos intereses de Francia, los que a su vez, nunca he creído en oposición con los verdaderos intereses de Europa». Lo cierto es que este diplomático de brillantísima inteligencia, sibarita y corrupto, amasó una inmensa fortuna cobrando de todas las partes que intervenían en cada tratado o especulando en Bolsa con información privilegiada, pero supo sacar partido de esa venalidad sin comprometer los objetivos de su responsabilidad como ministro plenipotenciario francés, una tarea profesional a la que se dedicó con tanta intensidad y entrega como al resto de los vicios. Gracias a su talento para la negociación Francia pudo mantener su posición de gran nación una vez vencida y con toda Europa coaligada en su contra, y Europa pudo hallar un equilibrio estable que posibilitó uno de los períodos de paz más duraderos de su historia.

El aristócrata impasible

El rostro imperturbable de Talleyrand es también un rasgo característico de su tiempo y lugar. Talleyrand era bisnieto de la princesa de Chaláis —la gran dama en cuyo palacio se inició en los secretos del «gran mundo»— e hijo de un noble teniente general y menino del rey. Fue obispo de Autun a propuesta de Luis XVI y tenía treinta y cinco años cuando se inició la Revolución; es decir, era un hombre plenamente formado en la corte del siglo xviii, el reino de las máscaras y del disimulo. Y cabe decir que el cortesano Talleyrand fue también en este aspecto, como en tantos otros, la quintaesencia de su clase social, el ejemplo más aquilatado de lo que pudo dar de sí, para bien y para mal, la aristocracia francesa del Gran Siglo.

Su rostro hermético, inalterable, era un marco ideal para la conversación cínica, aguda, refinada, llena de matices y dobles sentidos, que hizo de Talleyrand la estrella más rutilante del firmamento dieciochesco. Napoleón lo alabó por ser «el rey de la conversación en Europa», y la estupenda Madame de Staël, la reina de los salones galantes, la mujer que tuvo comida la moral al gran Napoleón, quien nunca consiguió ver en sus ojos el menor atisbo de admiración hacia su persona, comentó acerca de su elocuencia proverbial: «Si la conversación de Maurice de Talleyrand se vendiese, yo me arruinaría».

A la misma Madame de Staël, que sabía bien de lo que hablaba pues fue una de las múltiples amantes de Talleyrand, además de amiga y colaboradora asidua de sus intrigas palaciegas, debemos otra de las opiniones que nos ayudan a trazar el bosquejo del personaje: «En verdad, el bueno de Maurice parece uno de esos pequeños dominguillos que se da a los niños, cuya cabeza es de corcho y las piernas de plomo: uno bien puede tirarlos, volcarlos, siempre se vuelven a poner de pie». Con ello atisbamos otra de las utilidades del rostro hermético: la máscara como símbolo de flexibilidad y de capacidad de adaptación a todas las circunstancias. En efecto Talleyrand, como su respetado rival Fouché —de estos dos personajes antitéticos y complementarios dijo Napoléon, que admiró y odió a ambos por igual: «Fouché era el Talleyrand de los clubs, y Talleyrand el Fouché de los salones»—, fue un superviviente nato que se mantuvo en lo más alto durante los años más convulsos de la historia de su país: vivió ochenta y cuatro años, cincuenta y cuatro de los cuales en la primera fila pública, como obispo en el Antiguo Régimen, diputado en la Asamblea Constituyente, embajador a las órdenes de Danton, ministro del Directorio, del Consulado y del Imperio, jefe de Gobierno tras la Restauración borbónica y embajador de Luis Felipe tras la Revolución que trajo a la Casa de Orleans.

Cabe decir que Talleyrand no sólo salió vivo de estas etapas políticas, sino que además contribuyó en buena medida a derribarlas. Con su característico estilo —sus míticos bons mots—, el propio Talleyrand se encargó de consolidar su leyenda al dar a conocer la respuesta que dio a Luis XVIII, cuando el monarca, que lo mantenía en su sitio por necesidad, pero mostrándole antipatía y recelo, le manifestó el asombro que sentía por su habilidad en haber derrocado una fuerza tan poderosa como la de Bonaparte: «Señor, nada de esa gloria me corresponde; pero sí confieso a Vuestra Majestad que hay en mí algo muy difícil de explicar y de comprender, pero que, sin duda alguna, produce la desgracia de los gobiernos que me desatienden».

La máscara impasible

Pero más allá de ser una técnica del «oficio» de diplomático, más allá de ser una característica de la «pose» cortesana, la impasibilidad del rostro de Talleyrand parece responder a motivos más hondos. Casi se diría que se trata de una máscara pegada a la piel, bien arraigada en su corazón. La razón última de ese rostro imperturbable y hermético hay que buscarla en la profunda violencia que tuvo que sentir en el alma alguien que desde muy joven se vio obligado a ser algo distinto de aquello para lo que había nacido.

Sabido es que, desheredado a causa de una malformación en los pies —que él siempre atribuyó a un accidente doméstico, si bien hoy parece claro que se trataba de una enfermedad congénita— que le impedía continuar la saga militar familiar, Talleyrand se vio obligado a seguir la carrera eclesiástica, que era la otra opción para un joven de noble cuna en la época de El rojo y el negro. Creyente sin vocación, Talleyrand vivirá esta experiencia de manera traumática. Será sacerdote, abad y obispo, pero no ejercerá, será excomulgado, pero mantendrá su fe religiosa, que aflorará al final de sus días, y siempre afirmará hasta qué punto su persona, nacida para apurar al máximo los placeres de la vida, era la menos indicada para aceptar una responsabilidad semejante.

Igual violencia íntima a su autenticidad tuvo que padecer el aristócrata cultivado, de mente ordenada y espíritu sensible, enamorado de la vida del Antiguo Régimen —suya es la célebre frase «Quien no ha vivido antes de 1789 no conoce la dulzura de vivir»— forzado a sobrevivir en unos nuevos tiempos agitados, desordenados, violentos y en gran medida opuestos a sus convicciones. Hedonista de formación religiosa y dignidad de obispo, aristócrata reconvertido en gestor de la Revolución, no le faltaron motivos a Talleyrand para trabajar su máscara impasible, impenetrable, hermética, hasta convertirla en su verdadero rostro. Puede pensarse que esa máscara es el símbolo de la falsedad, o bien considerarla un modo de ser fiel a uno mismo cuando las circunstancias vitales te obligan a ser alguien diferente, una manera justa de responder con la falsedad debida a todo aquello que te fuerza a faltar a la propia verdad.


Memorias del príncipe de Talleyrand. Colección Desván de Hanta editorial Biblok«Todos los entresijos de la guerra y de la paz de 1814 contados por quien encarnó la personificación de la Diplomacia, el rey de la conversación en Europa, en palabras de Napoléon.»

 

«Si la conversación de Maurice de Talleyrand se vendiese, yo me arruinaría», dijo en una ocasión la excelente Madame de Staël. «Es usted el rey de la conversación en Europa», reconoció en otra ocasión Napoleón. Pero ese gran don no sólo le sirvió al príncipe de Talleyrand para reinar en los salones galantes del Gran Siglo, sino también para seducir, negociar y convencer en las cancillerías de todas las potencias europeas en tiempos de guerra y paz.

En estas páginas, el político, diplomático y estadista que dirigió la política exterior de Francia de finales del siglo XVIII e inicios del XIX y diseñó la nueva Europa tras las guerras napoleónicas, se muestra ante nuestros ojos en plena actuación. Sus Memorias son un documento histórico de extraordinaria importancia, escrito con mesurada distancia con una prosa elegante, conciso y clara.


Para adquirir el libro o para mayor información en Editorial Biblok
http://www.biblok.es/No+ficción/Memorias+de+Talleyrand/ia186

Memorias del príncipe de Talleyrand. Colección Desván de Hanta editorial Biblok

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3 comentarios

  1. Fabiana martin · · Responder

    Soy de Argentina y deseo adquirir el libro memorias del principe talleyrand. Podrían decirme si en mi país lo consigo y en donde?

    1. Hola Fabiana, perdona por el retraso. Lamentablemente todavía no tenemos distribución en Argentina. Muchas gracias por tu interés.

  2. Carlos Enrique Rodriguez Jimenez · · Responder

    A veces una sonrisa perenne es tan antifaz como uno rostro impasible

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