Lo que yo pienso sobre la guerra de Lev Tolstói

Tolstói combatió en la guerra de Crimea. En la Pequeña Rusia, que es como entonces se llamaba a la actual Ucrania, las tropas rusas libraron frente a la alianza turco-anglo-francesa una brutal guerra de desgaste que sería anuncio de la guerra de trincheras del 14. El conde Lev Nikoláievich Tolstói, por entonces un joven de veintiséis años vástago de una conocida familia de la antigua nobleza rusa, llegó a Sebastopol en noviembre de 1854 como oficial de artillería. Cuando el alférez Tolstói se incorporó a filas, Sebastopol era una ciudad sitiada desde hacía dos meses. El sitio se prolongaría durante un penoso, larguísimo año, y fue uno de los episodios decisivos de una guerra que acabó inclinándose a favor de los ejércitos aliados contra Rusia.

La experiencia en los campos de batalla afectó hondamente al joven oficial y resultó decisiva tanto para afirmar su vocación de escritor, como para aquilatar su pensamiento político: Tolstói llegó a Crimea imbuido de espíritu patriótico, perceptible todavía en su primer relato de Sebastopol, y salió de ella convertido en, valga la expresión, un pacifista beligerante; llegó a Crimea como un prometedor oficial del ejército ruso y salió de ella habiendo decidido que su destino eran las letras.

Corresponsal de guerra en Crimea

La guerra de Crimea trazó en muchos aspectos la frontera entre las guerras del siglo xix y las guerras del siglo xx. El avance de la industria armamentística fue uno de los hitos que marcaron un antes y un después, como pudo comprobar la Brigada Ligera de lord Cardigan en su tan desastrosa como heroica carga contra las posiciones de artillería rusa en la batalla de Balaclava. Crimea también fue el escenario donde la enfermera Florence Nightingale —llamada «la dama de la lámpara» porque siempre llevaba una lámpara al realizar sus rondas nocturnas para atender a los pacientes— alcanzó reconocimiento internacional por su labor de asistencia a los heridos en el campo de batalla, una misión que inspiraría a Henri Dunant la fundación de la Cruz Roja siete años después de acabada esta guerra, en 1863.

Y también fue la de Crimea la primera guerra cubierta por corresponsales, en el sentido que le damos hoy al término. Por el bando británico fueron célebres las crónicas del reportero William Howard Russell para el periódico Times. Tan popular se convirtió ese género en tan breve tiempo, que el poder establecido percibió de inmediato su capacidad de influencia y, por ende, su potencial peligrosidad. El relato de la realidad de una guerra podía encumbrar a héroes, pero también podía hacer caer a villanos, ya fuera al frente del ejército o del gobierno; podía encender el ánimo del pueblo religándolo en torno a una causa o quimera compartida, pero también podía abrirles los ojos reforzando con datos objetivos su capacidad de discernimiento. Como había dicho Federico II el Grande, en una frase citada por Tolstói en uno de los ensayos que publicamos, «Si mis soldados comenzasen a pensar, ninguno permanecería en las filas». Así pues, antes de acabar la guerra, en febrero de 1856, el ejército británico ya había dictado una orden que prohibía a los corresponsales de guerra difundir detalles que pudieran ayudar al enemigo.

Junto con las crónicas de Russell, los relatos que para el bando ruso escribió Lev Tolstói sobre el sitio de Sebastopol han sido considerados los primeros reportajes de guerra modernos. Las crónicas de Tolstói se publicaron entre junio de 1855 y enero de 1856 y despertaron fervor entre el público. El propio zar Alejandro II se mostró entusiasmado por esos extraños «relatos» de un joven conde que contaba su vivencia de una guerra que no era ficción, sino crudelísima realidad, y la mostraba desde una perspectiva hasta entonces desconocida. Tan impresionado quedó el zar tras la lectura del primer reportaje de Sebastopol, en abril de 1855, que ordenó que se tradujese al francés y que fuera publicado en Le Nord, un periódico ruso editado en Bruselas. El gran Turguénev dejó escrito: «El reportaje de Sebastopol es un milagro. He vertido lágrimas mientras lo leía y he gritado ¡Hurra!». Con todo, huelga decir que la exposición de la horrible realidad de la guerra, sin la máscara del romanticismo, acompañada de una crítica social dirigida hacia el falso heroísmo de la jerarquía militar, no resultaron gratas al poder, de modo que, incluso contando con la protección del zar, los relatos de Tolstói sobre la guerra de Crimea fueron objeto de censura —tan notable que Tolstói se negó a poner siquiera sus iniciales en el escrito— y no se publicarían íntegros hasta 1928.

La revelación de un escritor

Los reportajes de Tolstói, sin embargo, estaban lejos de cumplir con los cánones del buen periodismo. En ellos faltaba el compromiso con la inmediatez que caracteriza las buenas crónicas; faltaban las coordenadas de espacio y tiempo que nos ofrece el periodista para facilitarnos una rápida y precisa composición de lugar; la profusión de datos técnicos del corresponsal de guerra que nos informa de lo que hay que saber sobre la materia en que está especializado: información sobre efectivos y armamentos; análisis sobre tácticas militares o comentarios sobre sistemas de defensa y asalto; la descripción exhaustiva y aséptica de acontecimientos propia del reportero objetivo… De todo eso adolecían los relatos del joven oficial Tolstói, que sin embargo iban sobrados de otro tipo de virtudes. Considerados hoy entre las crónicas de guerra que empezaron a producirse a partir de aquellas fechas, estos textos aparecen como un «patito feo», porque en realidad eran otra cosa. El «cisne» que desplegaría sus alas años más tarde en obras maestras como Guerra y paz estaba ya en ciernes en los relatos sobre El sitio de Sebastopol.

Tolstói inició sus crónicas con el objeto de contar la realidad de la guerra desde la experiencia en el campo de batalla, pero el propósito se le fue de las manos, afortunadamente. Al mostrarnos su impresión de la guerra, la mirada de Tolstói no se detiene en la superficie de los acontecimientos, sino que se introduce en las mentes de sus protagonistas para dar una idea cabal de la realidad que narra, tratando de entender, y de explicar al lector, las muy distintas motivaciones de cada uno de ellos para actuar de determinada manera en cada momento. Escribiendo así, dando rienda suelta al talento para la introspección con que analiza a los personajes del drama bélico —con un monólogo interior que se adelanta varias décadas a la técnica del fluido de conciencia—, Tolstói se revela ante el mundo, y ante sí mismo, como un extraordinario «reportero del alma». De esta revelación ante sí mismo dejó él mismo constancia: el 12 de enero de 1855 ve la luz el último de los relatos de Sebastopol, y Tolstói queda tan complacido que por primera vez firma con su nombre completo; y el 10 de octubre de 1856 anotará en su Diario: «Mi destino son las letras». Había nacido un escritor, y no uno cualquiera, sino uno de los mayores genios de la literatura universal.

Tolstói y el pensamiento pacifista

Pero como decíamos, durante la experiencia de Crimea no sólo se decidió la vocación de escritor de Tolstói: también fraguó un pensamiento político a favor de la paz y contrario a todo militarismo. Las reflexiones sobre lo vivido en esta guerra acompañarán a Tolstói el resto su existencia, impregnando transversalmente toda su producción literaria. Estamos ante uno de los temas predilectos del gran escritor, como ensayista lo mismo que como narrador.

Conviene tener presente que el pensamiento del escritor no nacía tan sólo de su inclinación moralizante, desaprobada por algunos críticos, sino de un sentimiento de responsabilidad especialmente vivo en la Rusia de la época, en pleno apogeo de lo que se conoce como intelligentsia. Era la época en que los intelectuales comprometidos se sentían en la obligación de ayudar a la sociedad a encontrar el camino correcto ante las principales encrucijadas de la vida. En esos años del «¿Qué hacer?» —así se titularon varias obras, entre ellas un opúsculo del propio Tolstói del que proceden algunos de las reflexiones aquí publicadas— el escritor fue dando cuerpo a su pensamiento sobre la guerra.

Su ensayo ¡Hombres, despertad! nació con la misma voluntad panfletaria que el reciente opúsculo ¡Indignaos! de Stephen Hessel, y como éste, Tolstói pretendía llegar al corazón de los lectores para propiciar un cambio de actitud y motivarlos a la acción. El análisis de Tolstói se adentra en la raíz de los problemas. Él percibe la guerra como una enfermedad de la humanidad, y entiende que hay que curar no la enfermedad, sino su causa. En ese empeño, mientras que su talento de escritor le permite descubrir una infinidad de causas para la guerra, tan diversas como los seres humanos y sus distintas motivaciones, pasiones e intereses, su intuición de líder moral —pues tal es el papel que desempeñó Tolstói, por encima del de escritor, desde su madurez hasta el fin de sus días— le hace descubrir una única gran causa, tan sencilla como ésta: haber desatendido la humanidad la regla de oro del cristianismo, según la cual debemos tratar a los demás como deseamos ser tratados.

En su célebre ensayo El erizo y el zorro, el lúcido pensador liberal Isaiah Berlin estableció una distinción entre dos tipos de personalidades —con sendas formas de acercamiento a la realidad antitéticas— basada en una dicotomía del erizo y el zorro que expresa de esta forma: «el zorro conoce muchas cosas, pero el erizo conoce una sola gran cosa». Y al hablar de Tolstói lo retrata como un erizo autoengañado o un zorro a su pesar, esto es, «como alguien que siendo por naturaleza un zorro, se cree un erizo». En el caso que nos ocupa, la mirada de Tolstói sobre la guerra, la visión del zorro tolstoiana descubre la guerra como un caos incomprensible para sus propios actores, en el que resuenan infinitas voces, con la rica diversidad de Babel, cada una con su propia verdad, de la más noble a la más mezquina. Mientras que es la visión del erizo, tal vez más natural en él de lo supuesto por Berlin, la que permite a Tolstói hallar la respuesta a ese torbellino de ruido y furia en la promesa escrita en los Evangelios.

El apóstol de la no violencia

En efecto, para el gran escritor ruso, la prác­tica cristiana —como forma de vida más que como conjunto de normas, pues Tolstói fue siempre tan crítico con la liturgia, la ortodoxia y la jerarquía de la Iglesia como el que más— es la única propuesta válida que tiene el ser humano para conseguir una sociedad donde reine la paz y la justicia. Su ideario político, tan defensor a ultranza de la libertad personal —consustancial a toda moral, pues solo el ser libre es plenamente responsable de sus actos— como beligerante contra las desigualdades y las injusticias, ha sido bautizado como «anarquismo evangélico». Ciertamente, el cristianismo libertario de Tolstói, su anarcopacifismo, tuvo una influencia más que notable en el desarrollo del movimiento anarquista, si bien la versión del anarquismo que acabó siendo mayoritaria no se caracterizó precisamente por su rechazo de la violencia, sino más bien por todo lo contrario.

Por aquellas fechas se emprendieron varias iniciativas pacifistas, una de las cuales cristalizó en las Convenciones de Ginebra. Cuando se pidió a Tolstói que diese su opinión sobre los aspectos que debía considerar una ley sobre las guerras, su indignación fue mayúscula. Él defendía la no resistencia al mal y se oponía a cualquier tipo de reforma que buscase mitigar los efectos nocivos de la guerra o garantizar la justicia de sus causas. Tolstói defendía que ninguna guerra podía ser justa y que no cabía más reforma que la «abolición» de la guerra. Desde esta perspectiva, tratar de «humanizar la guerra» era un acto más vil, si cabe, que incitarla.

Tolstói llamó a la revolución contra la injusticia, pero repudió la violencia y por supuesto cualquier tipo de atentado contra la vida, ya fuese la guerra, ya fuese la pena de muerte. La única arma admisible para el revolucionario era la desobediencia civil y la no-cooperación, tal y como había aprendido de su admirado Henry-David Thoreau. Tolstói defendía que los individuos vivimos un eterno antagonismo entre nuestra conciencia y nuestra forma de vida, y que tal antagonismo sólo podía resolverse positivamente adaptando ésta a aquélla, de tal manera que la conciencia coincidiese con la acción. La actitud más extendida entre los seres humanos, sin embargo, es la contraria: tratar de adaptar la conciencia a la conducta, acallándola o pervirtiéndola. Por eso la insistencia en la verdad personal, la defensa de la firmeza y la integridad personal, la confianza en uno mismo, en el sentido de plena autonomía y autenticidad que le dio Ralph Waldo Emerson en su ensayo Self-Reliance, era un ingrediente fundamental de su ideario.

Los frutos del pensamiento tolstoiano tardarían décadas en llegar. Fue sobre su apuesta por la desobediencia civil y por la no violencia, basada en su anarquismo evangélico, que se levantó la acción política de Gandhi. En 1908, estando al corriente de la tensa situación de la India colonial, y ante el peligro de un levantamiento sangriento para acabar con la dominación «perpetuada» de los ingleses, Tolstói envió a un periódico hindú un escrito titulado Carta a un hindú, donde exponía su teoría de la resistencia activa, la no-violencia y la no-cooperación, cimentándola en pensamientos de autores indios como Swami Vivekananda. Esta publicación motivó un breve intercambio epistolar con un joven abogado hindú que ejercía en Sudáfrica llamado Mohandas Gandhi. El contacto entre Tolstói y Gandhi ya sólo se acabaría con el fallecimiento del primero. En septiembre de 1910, dos meses antes de su muerte, el escritor animó a Gandhi a aplicar «la no resistencia», ya que «la práctica de la violencia no es compatible con el amor como ley fundamental de la vida». Tolstói resultó determinante para alumbrar el espíritu de Gandhi, manifiesto en la satyagraha, y en consecuencia también para que fuese posible el espíritu de Martin Luther King, que recogería tan honroso testigo.

La mejor explicación de este Tolstói la dio Clarín en su prólogo a la novela Resurrección. Es tan excelente que merece ser citada por extenso: «Los reformadores sociales, los de buena fe, los que por real amor a la humanidad aspiran a cambiar la vida pública, corrigiendo sus defectos, buscando en nuevos procedimientos e ideales el progreso de la sociedad, pueden seguir dos caminos. O dedicarse directa, inmediatamente a procurar en la sociedad misma que los rodea ese cambio, esa reforma, sin empezar por examinarse a sí propios y prepararse a su apostolado con la reforma, con el perfeccionamiento de sí mismos; o abstenerse de reformar a los demás, de influir en el medio social, hasta encontrarse dignos de tan magna obra, mediante reforma interior, austera educación del alma, para ponerla en estado de poder servir de veras a la mejora social, merced a obras y acciones que supongan equilibrio moral, lucidez y serenidad de espíritu, fundadas en la virtud sólida, en el dominio enérgico de las propias pasiones. El primer camino es el que suelen seguir la inmensa mayoría de los reformistas; se puede decir que Cristo fue quien enseñó a la humanidad a seguir el segundo […] Tolstói es revolucionario, reformista de esta clase; la mayor parte de ácratas, anarquistas y libertarios del día suelen ser de la otra. Tolstói es de los que empiezan por la propia reforma, por la disciplina interior, tanto en su vida real, como en su teoría, representada por la acción de sus personajes.»

Tolstói sí sabía, de cierto, «una gran cosa», pese a que sir Isaiah Berlin tuviese sus dudas: que ningún cambio social podía ser posible si primeramente no se había operado en las personas. La tan citada frase de Mohandas Gandhi «Sé el cambio que deseas ver en el mundo», principio ético sobre el que se han basado las revoluciones que mayores alegrías han reportado a la humanidad, tiene su origen en Tolstói.


Lo que yo pienso sobre la guerra de Lev Tolstói. Colección Desván de Hanta editorial Biblok«La experiencia de la guerra de Crimea marcó un antes y un después en la vida y en la obra de Tolstói, como novelista y como pensador.»

 

Tolstói combatió en la guerra de Crimea. En la Pequeña Rusia, que es como entonces se llamaba a la actual Ucrania, las tropas rusas libraron frente a la alianza turco-anglo-francesa una brutal guerra de desgaste que sería anuncio de la guerra de trincheras del 14. La experiencia en los campos de batalla afectó hondamente al joven oficial y resultó decisiva tanto para afirmar su vocación de escritor, como para aquilatar su pensamiento político.

Tras escribir los relatos sobre el sitio de Sebastopol, en los que se reveló como un extraordinario «reportero del alma», Tolstói decidió que su destino eran las letras. Y sus reflexiones a partir de la vivencia de la guerra lo acompañían toda la vida. Fue sobre su apuesta por la desobediencia civil y por la no violencia, basada en su anarquismo evangélico, que se levantó la acción política de Mohandas Gandhi y de Martin Luther King.


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Lo que yo pienso sobre la guerra de Lev Tolstói. Colección Desván de Hanta editorial Biblok

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