Pensamientos y recuerdos de Bismarck

Pensamientos y recuerdos de Otto, príncipe de Bismarck. Colección Desván de Hanta editorial Biblok

«Sin la figura de Bismarck, no es posible entender medio siglo de la historia del mundo: el que separa el Imperio alemán del Tercer Reich.»

Cuando Bismarck fue nombrado canciller de Prusia, en 1862, su país era el más débil de las cinco potencias europeas. Apenas una década —y tres guerras— después, un imperio alemán unificado emergía en el corazón de Europa como la nación más poderosa del continente.

La autoría de este primer «milagro alemán» cabe atribuírsela al gran canciller, sin el menor género de duda. Alemania nació como país de la unión de una miríada de pequeños estados medievales y en poco tiempo se puso a la cabeza de las naciones más avanzadas en ámbitos tan cruciales como la libertad de pensamiento, la seguridad social, la geopolítica, la investigación científica o el desarrollo industrial. Alemania «se puso de moda», despertó el interés y pasó a ser objeto de admiración en todo el mundo civilizado; y la figura de su canciller alcanzó una talla mítica incluso entre sus rivales y enemigos, como había sucedido con Napoleón Bonaparte medio siglo antes.

Cierto es que en el origen de los indiscutibles logros de la política de Bismarck está la fuerza del militarismo prusiano. Como es sabido, el padre del lema «la unión hace la fuerza» no dudó en poner en juego los medios más efectivos a su alcance para lograr sus fines (su célebre frase ante el Parlamento prusiano: «Las grandes cuestiones de nuestro tiempo no se solucionarán con discursos ni con decisiones adoptadas por mayoría, sino con sangre y acero», da buena idea de por qué Bismarck se ganó el sobrenombre de «Canciller de Hierro»).

Cierto es también que el malhadado Tercer Reich reescribió su pasado, como suelen hacer los regímenes nacionalistas, también en nuestros días, convirtiendo el Imperio alentado por Bismarck en un Segundo Reich del que supuestamente era heredero.

Pero por eso precisamente, a fin de juzgar con objetividad y justicia qué significó Bismarck en el panorama político alemán, europeo y mundial del último cuarto del siglo xix, es necesario ser muy cuidadosos a fin de no caer en juicios anacrónicos, y por supuesto, es preciso asimismo hacer abstracción de las brutales guerras mundiales que asolaron Europa durante el siglo xx y romper el vínculo histórico que el nazismo quiso establecer con la época del Imperio.

En realidad, en el momento en que Bismarck presentó su sugerida dimisión a Guillermo II en 1890 —y se dispuso a ceder a la tentación horaciana que desde siempre había sido su otra gran pulsión vital, entregándose durante los últimos ocho años de su existencia a una vida retirada y alejada del mundanal ruido—, el Bismarck de «sangre y acero» que había fraguado la unificación alemana sobre el poderío militar prusiano hacía tiempo que compartía escena con el hombre de Estado pacífico —si bien la suya fue una «paz armada», un equilibrio de poderes de carácter no ideológico, sino cimentado en la Realpolitik— y con el diplomático capaz de trazar una política de alianzas —los «sistemas bismarckianos»—, que le valieron ser el árbitro de las relaciones internacionales durante dos décadas.

Para concebir mejor lo que representó Bismarck en su momento, para ponerlo en contexto, resulta útil traer a colación un texto de Juan Fastenrath, biógrafo del canciller y probablemente el erudito español contemporáneo que más conocía Alemania y sus gentes. Fastenrath, que dedica 258 páginas del tomo tercero de su voluminosa obra La Walhalla y las Glorias de Alemania a glosar la figura de Bismarck, presenta al Canciller de Hierro con estas entusiastas palabras:

«Hablemos de un maestro en estrategia política, de un genio gigantesco, de un coloso de la diplomacia, del hombre más extraordinario, más hábil y más afortunado que ha dirigido la nave del Estado prusiano. Hablemos de un paladín de la constancia, que empezó por llenar cumplidamente las más espinosas funciones, disputando el terreno palmo a palmo a la misma nación alemana y a sus representantes, hasta que los patriotas abrieron los ojos, y que, coronado por la victoria, la siguió paso a paso, etapa por etapa. Si Alemania es actualmente la nación de moda, si Germania es hoy un gran imperio, pasmo del mundo, si el emperador Guillermo es el moderno Carlomagno, y si en Berlín está ahora el centro de donde parten, como radios de una misma esfera, los principales movimientos de la vida política, ¿a quién se lo debe? Todos contestarán con unanimidad: al príncipe Bismarck, que fue el verdadero sostenedor del movimiento nacional, al canciller del Imperio alemán, al hombre providencial, en cuya relevante personalidad se compendiaba la ventura de Alemania, y que contribuyó principalmente al desarrollo de la historia germánica.»

Otro contemporáneo español del canciller fue el ilustre político y escritor Emilio Castelar, considerado el mejor orador de nuestra historia parlamentaria, y último presidente de la Primera República Española. Siendo Castelar un ferviente republicano y heredero de la más pura tradición liberal hispana (sus padres fueron amigos y seguidores de Rafael de Riego), resulta tan sorprendente como significativo constatar la elevada opinión que Castelar tuvo de Bismarck, quien pasa por ser la quintaesencia del pensamiento conservador y monárquico alemán. En un artículo publicado en The North American Review Castelar considera a Bismarck nada menos que como uno de los pioneros del progresismo en Europa: «The modern world has been saved by four great apostasies: Peel was an apostate from the protectionist idea, Gladstone was an apostate from Conservative tenets, Thiers was an apostate from the monarchy, and Bismarck in his turn became an apostate from feudalism. What happy results have followed! There has been established a progressive Europe, a Europe vastly different from that of our infancy and our youth.» [El mundo moderno se ha salvado gracias a cuatro grandes apostasías: Peel fue un apóstata de la idea proteccionista, Gladstone fue un apóstata del conservadurismo, Thiers fue un apóstata de la monarquía, y Bismarck, por su parte, se convirtió en un apóstata del feudalismo. ¡Qué felices resultados se han seguido de ello! Se ha establecido una Europa progresista, una Europa muy diferente de la de nuestra infancia y nuestra juventud.]

Castelar no ignora el carácter reaccionario tanto de los principios como de los fines de la política de Bismarck. Sin embargo, la aparente paradoja, o aun más, el oxímoron que supone considerar progresista al Canciller de Hierro, le sirve a Castelar para describir una realidad sumamente contradictoria: el azote de los socialdemócratas alemanes fue al mismo tiempo quien concretó todo un sistema de reformas sociales que dieron lugar al primer Estado Social de Derecho, germen de lo que posteriormente sería el Estado del Bienestar; el riguroso puritano luterano acabó por convertirse, tras la Kulturkampf, en el garante de la tolerancia religiosa, la libertad de credo y pensamiento en su país; el temido aventurero y militarista prusiano que unificó su país tras ganar tres guerras perfectamente premeditadas terminó sus días tejiendo una red de alianzas y contrapesos internacionales diseñados para buscar una paz duradera, incluyendo el «reparto pacífico» del continente africano; el antiguo junker, paladín de los terratenientes locales prusianos, fue sobre todo el hombre de Estado que superó la división territorial de su país, heredera de los tiempos feudales, para crear un país poderoso, moderno y eficiente, liberado del lastre que suponía tener que satisfacer los privilegios históricos del enjambre de pequeñas naciones que soportaba Alemania. El hecho de que muchos de estos éxitos fueran «consecuencias imprevistas» (por ejemplo, su ataque al catolicismo en la Kulturkampf acabó propiciando la libertad de culto, mientras que las medidas de mejora social, más que inspiradas en un sentimiento de justicia social, fueron implementadas fundamentalmente para evitar el descontento de la clase obrera), por utilizar la expresión de Edmund Burke, otro ilustre progresista «conservador», no hace desaparecer los resultados.

Para alguien como Emilio Castelar, el presidente que tuvo que ver cómo el ilusionante proyecto republicano unitario al que se había consagrado se desvanecía descuartizado por fuerzas particularistas de distinta estirpe (el federalismo radical o confederalismo de sus compañeros catalanes, el cantonalismo de murcianos y demás regionalismos hispanos, el foralismo tradicional de los carlistas…), el éxito de Bismarck en su superación del feudalismo alemán debía resultar altamente envidiable.

Estas Memorias fueron uno de los acontecimientos editoriales más importantes de su época. Ya a finales de 1888, antes de abandonar sus responsabilidades de Canciller —«invitado» a hacerlo por el joven káiser Guillermo II, con quien, a diferencia de su abuelo Guillermo I, no congeniaba en absoluto—, Bismarck había encargado a Moritz Busch, un periodista de su confianza, la ingente tarea de ir recopilando, seleccionando y clasificando todo el material documental que pudiese ser útil para una eventual redacción de su paso por la política. No obstante, en el momento en que se produjo el esperado retiro del canciller, esta tarea no había sido todavía realizada, y el sucesor de Bismarck en el cargo de canciller, Leo von Caprivi, no permitió que las cajas repletas de papeles oficiales abandonaran el edificio de la Cancillería.

Así pues, una vez instalado en su adorado retiro de Friedrichsruh, en el bosque de Sajonia, Bismarck tuvo que trazar otro plan para escribir sus memorias políticas, sobre la base principal de sus propios recuerdos y reflexiones. Para recrear los trabajos y lo días de su época Bismarck puso la mayor atención. Contó con la colaboración de Lothar Bucher, quien había sido durante años su ayudante y secretario personal, y dedicó largas horas a escribirlas con una prosa exquisita, y a corregirlas hasta superar la infinita paciencia de sus editores. El contrato con la editorial Cotta de la ciudad de Stuttgart se firmó en julio de 1890 y preveía un total de seis volúmenes. El proceso de creación, no obstante, se complicó tanto que a la muerte de Bucher sólo se había completado el borrador de los dos primeros volúmenes. Estos libros finalmente fueron los únicos que vieron la luz, pues el viejo canciller, enemistado por añadidura con los editores, no siguió con la empresa una vez desaparecido su paciente y competente colaborador.

Unos años después, tan pronto como se produjo la muerte de Bismarck, el responsable de Cotta Verlag viajó a Friedrichsruh para reclamar las pruebas que el canciller venía corrigiendo de manera obsesiva durante los últimos años de su vida. El trabajo de edición se encargó entonces al ilustre profesor Horst Kohl, especialista en la obra de Bismarck, de quien había editado toda la correspondencia. Kohl revisó, anotó y enriqueció con cartas de su archivo personal los Pensamientos y recuerdos de Otón, príncipe de Bismarck, que vieron la luz finalmente en noviembre de 1898 para convertirse en uno de los mayores éxitos editoriales del siglo: antes de acabar el año ya se habían vendido sólo en Alemania más de medio millón de ejemplares. Además, el libro se lanzó al mismo tiempo en las principales capitales europeas. De hecho, la traducción española que publicamos, de la editorial barcelonesa Montaner y Simón, apareció en la misma fecha que la edición original alemana.

Hoy la obra mantiene intacto su enorme atractivo, que trasciende el interés del enorme documento histórico que es. El pensamiento de Bismarck goza de una extraña vigencia: «Nunca he sido un doctrinario —explica Bismarck a Gerlach en una de sus cartas—; liberal, reaccionario, conservador son términos que no dicen nada … Algunas veces uno debe gobernar de manera liberal y otras dictatorialmente. No hay reglas eternas». El realismo político de Bismarck, su apuesta por las necesidades prácticas frente a los prejuicios ideológicos, su ética consecuencialista, nos parecen muy actuales vistos desde el presente.

Pensamientos y recuerdos de Bismarck (Ficha) Colección pergaminos


 

Pensamientos y recuerdos de Otto, príncipe de Bismarck. Colección Desván de Hanta editorial Biblok«Sin la figura de Bismarck, no es posible entender medio siglo de la historia del mundo: el que separa el Imperio alemán del Tercer Reich.»

Cuando Bismarck fue nombrado canciller de Prusia, en 1862, su país era el más débil de las cinco potencias europeas. Apenas una década después un imperio alemán unificado emergía en el corazón de Europa como la nación más poderosa del continente.

El padre del lema «la unión hace la fuerza» puso en juego todos los medios para lograr este fin, como revela su conocida frase: «Las grandes cuestiones de nuestro tiempo no se solucionarán con discursos ni con decisiones adoptadas por mayoría, sino con sangre y acero», que le valió el sobrenombre de «Canciller de Hierro». Pero este militarismo no le impidió jugar con igual fortuna la baza de la diplomacia, trazando una política de alianzas —los «sistemas bismarckianos »–, que le valieron ser el árbitro de las relaciones internacionales durante dos décadas.

Fronteras adentro, Bismarck mostró igual habilidad al combinar la fuerza y la astucia en sus batallas internas, ya fuera contra liberales y socialistas, ya contra católicos, a quienes declaró la «guerra de cultura» o Kulturkampf.


Para adquirir el libro o para mayor información en Editorial Biblok
http://www.biblok.es/No+ficción/Pensamientos+y+recuerdos+de+Bismarck/ia390

Pensamientos y recuerdos de Otto, príncipe de Bismarck. Colección Desván de Hanta editorial Biblok

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Un comentario

  1. Hubo una edicion de sus memorias, en Francia, en julio de 1907, bajo el titulo de “memorias de Holenlohe”…

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