Memorias de Napoleón

Memorias de Napoleón, escritas por él mismo. Colección Desván de Hanta editorial BiblokNapoleón escribió sus Memorias como quien libra su última batalla. En esa batalla, lo que estaba en juego era el recuerdo que había de quedar para la posteridad tanto de su persona, como de su legado. Y a Napoleón, el extraordinario estratega, y experimentado publicista también a través de sus Monitores, no se le ocultaba que en esta oportunidad su posición se hallaba en franca desventaja: él era plenamente consciente de que la historia la escriben los vencedores, y de que frente a él tenía nada menos que al Ministerio inglés y su ejército de gacetilleros a sueldo, una de las más eficientes maquinarias generadoras de leyendas negras que ha conocido la historia.

Hasta Santa Elena, la «insalubre roca situada en medio del océano Atlántico» donde se hallaba confinado, llegaban constantemente noticias de lo que se decía de él en periódicos y mentideros varios de Londres. Napoleón trataba de conservar la calma, siguiendo la máxima de Epicteto: «Si se dice mal de ti con fundamento, corrígete; si no, échate a reír», que él hace suya en su libro de pensamientos con este comentario: «He aprendido a no sorprenderme de nada; así continúo en mi posición sin alterarme jamás por los ladridos de los perros de presa»; pero lo cierto es que el temor de que el recuerdo de su paso por la vida quedase en manos de sus enemigos es algo que Napoleón no consigue conjurar, y que aparece repetidas veces en sus escritos.

Entre las principales preocupaciones del emperador exiliado, enfermo y preso, se cuenta, en efecto, la de perder el control sobre lo que la historia pueda decir de él.

Napoleón se muestra convencido de que, por muy poderosos que puedan ser los medios que Inglaterra ponga en juego para deshonrar su memoria, calumniándolo, censurándolo y desacreditándolo, la verdad triunfará finalmente de la mentira y la historia acabará por hacerle justicia. Así escribe: «Millones de libelos han aparecido y aparecen todos los días; son inútiles. Sesenta millones de hombres de las comarcas más civilizadas del universo elevan su voz para confundirlos, y cincuenta mil ingleses que viajan hoy por el continente llevarán consigo la verdad a los pueblos de los tres reinos, que se avergonzarán de haber sido engañados tan groseramente. En lugar de temor a la historia, yo la invoco». Con su proverbial confianza en sí mismo —que hizo de él un paradigma de self-reliance para el propio R. W. Emerson, que es quien más sabía de esto—, Napoleón se siente seguro de que la insidia no logrará carcomer su gran obra, que permanecerá en pie como la piedra: «Yo levanté poblaciones, fertilicé lagunas, reedifiqué ciudades y establecí manufacturas; yo reuní los dos mares, abrí varios caminos y erigí muchos monumentos… ¡Y se me compara con Atila, el caudillo de los Hunos! […]. Estoy destinado a servir de pábulo a una multitud de escritores; pero poco temo el ser su víctima: ellos morderán la piedra de granito. Muy pronto no habrá sino vestigios de ellos; mientras que mis monumentos y mis instituciones me recomendarán a la posteridad más remota». Y a su carcelero sir Hudson Lowe, que le había detenido unas obras, porque en el sobre aparecía escrito el remitente «Emperador Napoleón», le espeta: «¿Quién os ha dado el derecho de disputarme este título? De aquí a pocos años vuestro lord Castlereagh, vuestro lord Bathurst, y todos los demás, vos, que me habláis, estaréis sepultados en el polvo del olvido, o si se conocen vuestros nombres, será por las perfidias que habéis ejercido contra mí, en tanto que el emperador Napoleón será siempre, sin duda, el sujeto, el ornamento de la historia y la estrella de los pueblos civilizados. Vuestros libelos nada pueden contra mí; en ellos habéis gastado millones, ¿qué han producido? La verdad penetra las nubes, y brilla como el Sol; como éste, aquélla es eterna».

Napoleón se siente muy orgulloso de su obra y también conoce perfectamente la bondad de su Código, que inaugura las leyes del mundo contemporáneo y servirá de base a todos los que se redacten en Europa durante todo su siglo —«Se siguen mis leyes en Europa, se imitan mis instituciones, mis monumentos se concluyen, se remeda mi política y hasta la etiqueta de mi palacio se conserva: mi gobierno no era pues tan absurdo ni tan malo como se ha querido decir»—; y también siente la conciencia tranquila, pues dista mucho de aceptar el papel de agresor en las múltiples batallas libradas, que sus enemigos le quieren adjudicar; por el contrario se considera un restaurador del orden social: «Se ha dicho que mi caída había asegurado la tranquilidad de Europa, olvidando que a mí solo debía ella su reposo. Yo había conducido la Revolución al puerto; y hoy los gabinetes quieren echarla al mar sin brújula.».

Además, para contestar la propaganda antinapoleónica inglesa, Napoleón no fía sólo en la verdad de los hechos y en la bondad de su legado, sino que emprende él mismo una labor memorialística, nacida a su vez con una manifiesta vocación publicitaria. Durante los seis años que permanecerá en la isla presidio de Santa Elena, desde su deportación en 1815 hasta su muerte en 1821, Napoleón «escribe», por persona interpuesta, varios libros de memorias. Sus recuerdos y reflexiones llenaron los millares de minutos de conversación que Napoleón sostuvo durante años con las personas que lo acompañaron en el destierro. Textos escritos por su propia mano se unen a otros textos dictados, así como a varias obras de memorias redactadas por esos acompañantes, hasta formar un corpus semejante en muchos aspectos al de los Evangelios, por su valor hagiográfico, por el perspectivismo que aportan las diferentes plumas y por la no ausencia de apócrifos. Entre estas obras pueden citarse las escritas por sus médicos, el irlandés Barry Edward O’Meara y el corso François Carlo Antommarchi, por varios generales franceses, como Montholon, Gourgaud o Rapp, por el baron Fain o, de manera muy destacada, por el conde Emmanuel de las Cases, autor del voluminoso Memorial de Santa Elena, dedicado a los últimos años del emperador.

La obra que publicamos, titulada originalmente Manuscrito remitido de la Isla de Santa Elena por conducto reservado, fue la primera en ver la luz de todos estos textos. Es comprensible el interés que despertó en toda Europa su publicación: corría el año 1817 y Napoleón todavía no era historia. El emperador estaba vivo —fallecería cuatro años después—, tenía cuarenta y ocho años, y sólo dos años antes había vuelto a poner en vilo a todo el mundo regresando de la isla de Elba, recuperando en quince días el trono de Francia y estando a punto de vencer a la Coalición en Waterloo. Dado el secretismo de su origen, comprensible habida cuenta de la censura a que se veía sometido Napoleón en ese tiempo en Santa Elena, nunca se pudo establecer de manera fehaciente la autoría de estas memorias.

Más tarde su redacción fue atribuida a Frédéric Lullin de Châteauvieux por el célebre bibliotecario Antoine-Alexandre Barbier, autor del Dictionnaire des ouvrages anonymes et pseudonymes composés, traduits ou publiés en français, avec les noms des auteurs, traducteurs et éditeurs. Sin embargo, cualquier lector avisado advierte al punto que este apasionante resumen de la vida de Napoleón, escrito con una prosa enérgica que sabe ir a lo esencial de cada episodio y plagado de opiniones y hondas reflexiones perfectamente compatibles con el carácter de Napoleón y con su experiencia de hombre de mundo y de jefe de Estado, difícilmente podrían considerarse invención de un agrónomo y publicista como Lullin de Châteauvieux. Por ello el comentario de advertencia del editor inglés, el prestigioso John Murray, sigue vigente dos siglos después: «La presente producción no menos notable por el talento que por la ingenuidad con que está escrita, ha sido entregada al editor bajo la seguridad de haber sido remitida de la Isla de Santa Elena, bien que haciéndole un misterio del conducto. Si realmente está escrita por Bonaparte, o por algún amigo de toda su confianza, es asunto de mera conjetura; lo que puede asegurarse es que su estilo se semeja, que pinta bien su carácter, y que lo que dice es justamente lo que el mismo Bonaparte, o un hábil apologista en su nombre, pudiera decir en abono de sus principios y conducta».

La guerra perdida de Napoleón

Hay que decir que, a pesar de toda su confianza, y de todo su esfuerzo, Napoleón ha salido perdedor, al menos hasta la fecha, de esa guerra de la memoria. Ante los ojos de la historia, la responsabilidad de las guerras que asolaron Europa durante los primeros años del siglo xix ha sido descargada sobre sus hombros. En el mundo anglosajón, tan influyente en la configuración del imaginario colectivo mundial, la leyenda negra forjada por los «gacetilleros» de Inglaterra nunca ha sido superada por completo, y todavía hoy asoma de vez en cuando, incluso en círculos académicos, la imagen caricaturizada de un Napoleón culpable de agresión y megalómano obsesionado por conquistar el mundo.

La relectura sosegada de la historia ofrece sin embargo datos sobrados para atender la reivindicación de Napoleón y distribuir de una manera más ecuánime el peso de la culpa. Para empezar, la propia expresión acuñada de «Guerras Napoleónicas» no parece la más justa para referirse al conjunto de conflictos bélicos que tuvieron lugar en Europa entre 1792 y 1815, pues una denominación así puede sugerir que fueron guerras provocadas por la ambición de Napoleón. Lo cierto es, por el contrario, que la Francia revolucionaria, y luego la Francia de Napoleón, no llevaron la iniciativa en estas guerras, sino sus enemigos, que llegaron a formar nada menos que siete colaciones en su contra. Por ello, la expresión «Guerras de la Coalición», empleada de manera creciente en los últimos años para dar nombre a ese periodo bélico, la creemos más ajustada a la realidad.

Napoleón, por añadidura, supo sacar más partido a la paz que cualquiera de las naciones que le hacían la guerra. Tal vez sea excesivo el empleo del término «hombre de paz» para referirse al Gran Corso, pero de lo que no cabe duda es de que en tiempos de paz Napoleón se desenvolvió tan bien como jefe de Estado que como general en tiempos de guerra, y que jamás dejó de manifestar su deseo de alcanzar una paz, ya que no era posible «perpetua», al menos duradera. En los escritos de Napoleón siempre late ese deseo de que el pueblo francés pudiese «gustar al fin las ventajas de la paz», siempre está presente la justificación de su acciones de guerra como actos de defensa y siempre sobrevuela la amenaza de sus enemigos, incluso en los momentos de mayor tranquilidad o «reposo pasajero»: «Debía por tanto aprovechar el reposo pasajero que había procurado al continente ensanchando la base de mi Imperio para hacerlo más firme contra los ataques venideros».

En estas Memorias Napoleón se esfuerza por identificar cuáles fueron las dos fuerzas principales que dieron impulso a las Guerras de Coalición, y señala como responsables el afán reaccionario de las monarquías continentales del Antiguo Régimen, presas de pánico ante la Revolución francesa, y sobre todo el afán de hegemonía comercial de Inglaterra, siempre dispuesta a lesionar los intereses de una potencia rival. Dice así Napoleón al hablar de las Coaliciones: «El punto de apoyo de ellas era Inglaterra, que yo no tenía medio alguno de combatir cuerpo a cuerpo. Estaba bien seguro de que la guerra se renovaría mientras los ingleses tuviesen con qué pagarla, y que esto podía durar mucho; porque los beneficios que sacaban de ella bastaban para alimentarla. Estábamos como en un círculo vicioso cuyo resultado era la ruina del continente. […] El sistema continental había decidido a los ingleses a hacerme una guerra a muerte. El norte estaba sumiso, o dominado por mis guarniciones: Inglaterra no tenía allí más relaciones que las de su contrabando; pero dominaba Portugal, y yo sabía que España también favorecía su comercio al abrigo de su neutralidad. […] La guerra se había vuelto a renovar con los ingleses, porque esta potencia no puede estar mucho tiempo en paz. Su territorio es demasiado limitado para mantener su población: necesita recurrir al monopolio de las cuatro partes del mundo, y solo la guerra se lo puede procurar, dándole derecho de destruir por mar todo lo que la hace concurrencia; esta es su única salvaguardia.»

Un héroe de la modernidad

La otra reivindicación de Napoleón en sus memorias, que reclama para sí el mérito de haber llevado la Revolución a su cauce y término, sí ha tenido más suerte. A pesar de que las fuerzas de la reacción vencieron en el Congreso de Viena, y de que durante las siguientes tres décadas lo que dominaría en Europa sería el espíritu conservador del canciller Metternich, la figura de Napoleón se mantuvo en pie como un referente de un modelo de libertades y derechos sociales que acabaría resultando vencedor. Así, si bien es cierto que el entusiasmo inicial que despertó su figura en todo el mundo, elevada a la categoría de mito al encarnar las virtudes del héroe romántico luchador por la libertad, se enfrió cuando se coronó a sí mismo emperador, no es menos cierto que había que ser muy ciego para no distinguir que el tipo de monarquía instaurado por Napoleón era muy diferente de las monarquías a la antigua usanza: «No echaban de ver que mi soberanía nada o poco tenía que ver con la suya. La mía estaba toda en el hecho, la suya solo en el derecho. La suya se apoyaba en la costumbre, la mía no necesitaba este apoyo. La mía, en fin, caminaba con las ideas del siglo, la suya tiraba de la cuerda para detener su vuelo.»

Es sabido que Beethoven, al conocer la coronación, rompió su lápiz sobre la partitura de su Sinfonía n.º 3, que inicialmente había dedicado a Napoleón, y exclamó: «¡Ahora sólo va a obedecer a su ambición, elevarse más alto que los demás, convertirse en un tirano!», y esta interpretación ha prevalecido como uno de los componentes fundamentales de la leyenda negra a la que anteriormente hacíamos mención. Napoleón era consciente de ello y en consecuencia dedica varios párrafos de sus memorias a explicar sus motivos: «El régimen republicano no era posible que durase; porque no se hace una república de una vieja monarquía. Lo que quería Francia era ser grande, aniquilar las facciones, consolidar la Revolución y fijar de una vez los límites del Estado: solo yo lo prometía y podía cumplir estos deseos; Francia, pues, quería que yo reinase. […] Mi autoridad iba creciendo por grados tanto mayores, cuanto más amenazada se veía. Nada había aun dispuesto en Francia para una contrarrevolución. En las tentativas de los realistas no se veía más que un medio de introducir la guerra civil; y la nación, que a toda costa quería preservarse de ella, se unía a mi cada vez más, porque solo yo podía defenderla de este riesgo. Quería reposar al abrigo de mi poder; esto es: el voto público me llamaba a reinar sobre Francia. No me desmentirá la historia. […] Así, no subía yo al trono como un sucesor de las antiguas dinastías, para sentarme blandamente en él bajo el amparo de la costumbre y de los añejos prestigios, sino para fundar las instituciones que la nación deseaba, poner sus leyes de acuerdo con sus costumbres y hacerla invencible, para que fuese independiente.»

Esta aparente paradoja entre la defensa de la libertad y la apuesta por la tiranía había caracterizado a Napoleón desde siempre. Tras el golpe de 18 Brumario que pone fin al Directorio: «Yo soy la Revolución», para decir a continuación: «La Revolución se terminó». ¿Contradictorio? Cabe decir que la apuesta de Napoleón por la Revolución era sincera. Por talante, y por origen —pertenecía a la baja aristocracia, empobrecida, de una isla—, Napoleón hizo suyos los ideales revolucionarios: era preciso despojar a la Iglesia y la Nobleza de sus antiguos privilegios feudales rompiendo un orden social que había permanecido durante siglos. Él mismo se sentía hijo de la Revolución. De joven simpatizó con Robespierre, cuyo jacobinismo compartía —igual que compartió su destino de chivo expiatorio para la posteridad de crímenes cometidos por otros—, y hasta llegó a escribir un tratado político apoyándolo. Pero Napoleón era un hombre de orden, que odiaba todavía más el caos que el despotismo. El orden tenía que servir a unos ideales y Francia no podía volver a la anarquía que había precedido al Terror, ni podía mantener el Terror. Así, para salvaguardar la Libertad del pueblo, era preciso suspender las libertades individuales, y para salvaguardar los logros de la República, era preciso convertir esta en un Imperio.

Napoleón consideró necesario insistir en esta idea: «Después del desorden de la Revolución era necesario restablecer el orden, porque en el orden estriban la fuerza y la duración. […] Pero para consolidar mi obra, necesitaba dar a esta nación instituciones conformes al régimen social que había adoptado. Necesitaba formar el siglo para mí, como, yo había sido formado para él. Era preciso que, después de haber sido guerrero, fuese también legislador. […] Necesitaba así fundar mi legislación sobre los intereses inmediatos de la multitud, y apoyar aquellas autoridades en estos intereses, porque los intereses son lo que hay de más real en el mundo. Así hice leyes de una infinita trascendencia, y las hice consecuentes. Su principio es la igualdad, y su objeto, mantenerla. Este carácter de igualdad está de tal modo impreso en ellas, que bastará por sí solo a conservarlas».

El paladín de la meritocracia

Napoleón coronó en efecto la Revolución francesa, pero la canalizó hacia una de sus posibilidades, al tiempo que frustraba otras. Luchó contra los vestigios de feudalismo, contra la reacción, para evitar que fuera posible un retorno al sistema monárquico y aristocrático del pasado, del mismo modo que paró los pies a los sans-culottes —el incipiente proletariado urbano— de Graco Babeuf. O dicho de otro modo: consolidó los triunfos del presente, las conquistas de los burgueses y el campesinado, evitando tanto el retorno al pasado, pretendido por los realistas, como el avance del futuro, perseguido por los republicanos radicales. Fue Napoleón Bonaparte quien consolidó y puso las bases del Estado liberal burgués y esta característica suya ha sido el legado menos discutido.

En las páginas preliminares de esta obra hemos incluido el capítulo que Ralph Waldo Emerson dedicó a Napoleón en su genial ensayo Hombres representativos. En ellas se expresa de manera clara esa visión de Napoleón como el héroe del Nuevo Mundo, el gran trabajador y hombre de acción que confiado sólo en sus propias fuerzas se hace a sí mismo, un primer ejemplo de «sueño americano», sagazmente descubierto por R. W. Emerson, y tan grato al espíritu del capitalismo. Napoleón había dicho de sí: «El trabajo es mi elemento, he nacido y he sido formado para él. He conocido los límites de mis piernas, de mis ojos; pero no he podido conocer nunca los de mi trabajo», y su gran obra, así como los comentarios de sus contemporáneos, que lo describen de forma unánimes como un hiperactivo altamente eficiente, no dejan lugar a dudas.

Esa conciencia del mérito propio fue la que Napoleón quiso trasladar a su modelo de sociedad. Los privilegios de nacimiento debían ceder paso al trabajo, al talento y al mérito. Ya no sería la sangre la que determinaría quién formaba parte de la elite social, sino el mérito: «Instituí una clase intermedia, pero democrática [la Legión de Honor]: lo era positivamente, porque a todas horas, y desde todas partes se podía llegar a ella: pero era, al mismo tiempo, monárquica, porque era inextinguible. […] La antigua nobleza existía por su prerrogativa: la mía no tenía otra existencia que la que su autoridad le daba. La antigua nobleza no tenía otro mérito que ser sola y exclusiva: en la mía tenía derecho a entrar cualquiera que se distinguiese, pues venía a ser como una corona cívica, ni el pueblo se podía formar de ella otra idea. Cada uno la alcanzaba por sus obras, y como cada uno podía obtenerla al mismo precio, no era ofensiva para nadie».

Hasta ahí llevó Napoleón la Revolución, y ahí la detuvo: abrió la sociedad francesa aboliendo privilegios y dio un impulso plenamente consciente a la movilidad social: «Todos en esta nación podían aspirar igualmente a los empleos más elevados. La distancia no era para nadie un obstáculo invencible. El movimiento ascendente era común, y este movimiento hacía mi fuerza».

Además, con su ejemplo, hizo extensiva esa apertura al resto del mundo; y al mismo tiempo frustró el desarrollo de otras posibilidades más radicales entrevistas en la Revolución, que sólo treinta años después de publicadas estas memorias empezaron a concretarse. Con la Revolución que coronó Napoleón, la desigualdad seguiría existiendo, si bien cimentada sobre bases menos cuestionables.


Memorias de Napoleón, escritas por él mismo. Colección Desván de Hanta editorial Biblok«La historia contada por su protagonista. Esta edición incluye las Máximas y pensamientos del prisionero de Santa Elena y los Juicios de Napoleón sobre sus contemporáneos

 

«Es el Espíritu montado a caballo» dijo Hegel de él tras verlo entrar triunfal en Viena. Para el gran filósofo alemán, Napoleón era la personificación misma de la historia cumpliendo su destino. Todavía hoy no hay figura más famosa en la historia universal que la de Napoleón Bonaparte. Su carisma de líder y su genio de estratega lo convirtieron en uno de los primeros héroes de la modernidad.

Los distintos textos autobiográficos recopilados en este volumen son una fuente documental de gran valor para conocer la época histórica que marcó el tránsito hacia el mundo contemporáneo, explicada por uno de sus principales protagonistas. Nos permiten conocer, sin intermediarios, a Napoleón, quien nos habla de sí mismo y de sus contemporáneos, tanto cuando registra el presente inmediato en sus anotaciones de campaña, como cuando reflexiona el pasado en su condición de prisionero en Santa Elena.


Para adquirir el libro o para mayor información en Editorial Biblok
http://www.biblok.es/No+ficción/Memorias+de+Napoleón/ia391

Memorias de Napoleón, escritas por él mismo. Colección Desván de Hanta editorial Biblok

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6 comentarios

  1. Tengo entendido que van a publicar una colección de literatura erótica, ¿han pensado en incluir en ella “Diario de un paseo por el infierno” de Antoine de Charleroi?

    Un saludo.

    1. En realidad no es ésa nuestra línea, pero nunca se sabe. Si nos lo planteamos leeremos la obra que nos propone. Muchas gracias

  2. Un libro interesante que ya no se encuentra en el mercado es la autobiografía de Isadora Duncan. Quizá vean factible su publicación en un futuro.

    Saludos cordiales.

    1. Muchas gracias por la sugerencia, la tendremos muy en cuenta.

  3. ¿Son memorias escritas por el o frases sueltas? Porque se que escribio memorias en santa elena

    1. Disculpa el retraso en la respuesta. Son ambas cosas: la primera parte son las que se consideran (si bien existe disputa sobre su autoría) las únicas memorias escritas de puño y letra por Napoleón. Y tras estas breves memorias se publican dos secciones con fragmentos de las distintas memorias dictadas o inspiradas a sus acompañantes en la isla del destierro, entre ellas las que tú dices, escritas por Las Cases, que son las más conocidas.

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