Campos de batalla y campos de ruinas

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En noviembre de 1914, Enrique Gómez Carrillo recibió un telegrama en el que se le invitaba a «participar, como representante de El Liberal, de una excursión [sic], organizada en la región de la guerra, en unión de algunos periodistas escogidos». La invitación venía firmada por Théophile Delcassé, responsable del Ministerio de Negocios Extranjeros francés, y en caso de ser aceptada, el invitado debía presentarse al cabo de dos días en París para partir de inmediato hacia el frente. Gómez Carrillo, declarado francófilo y aventurero impenitente, aceptó agradecido la invitación «seguro de poder rendir justo homenaje al admirable ejército francés» y aquella misma noche tomó el tren para estar al día siguiente en la capital de Francia.

Por aquellas fechas Gómez Carrillo era un escritor modernista en la cumbre de su fama y un personaje notable de la vida cultural española y francesa (y en especial de los ambientes más bohemios), amén de académico correspondiente de la Real Academia Española y diplomático, cónsul en París de su país, Guatemala, y de la Argentina de Hipólito Irigoyen. Así que por fuerza debía convertirse en un reportero de guerra muy singular. En sus textos será fácil percibir, tal y como elogia Benito Pérez Galdós en el prólogo de esta obra, que Gómez Carrillo posee en «grado muy alto la fuerza descriptiva plasmante y la fuerza emotiva […] Su ágil pluma nos transmite intensas impresiones. Sus cuadros de la guerra tienen la gracia francesa y la emoción española.» No es extraño que sus crónicas publicadas en la revista española El Liberal obtuvieran un éxito tan sonoro.

Buena parte de los lectores de España y América conocieron la guerra a través de ellas. Y lo que descubrieron los llenó de espanto. El dramatismo de la Gran Guerra en toda su extensión no cabía en la información escueta de los cables, pero sí desbordaba de sus crónicas llenas de verdad humana. Además, existía en esta guerra un componente de deshumanización inesperado, fruto de los avances técnicos en armamento de la segunda revolución industrial de fines del siglo XIX. La sorpresa ante una guerra presidida por la aparición de nuevas armas como la ametralladora y el uso de gases tóxicos suscitó en Gómez Carrillo reflexiones semejantes a las que dos décadas después suscitaría en Walter Benjamin el efecto de la reproductibilidad técnica en la obra de arte.

En la dedicatoria de este libro al ministro argentino don José Luis Murmure, Gómez Carrillo advierte del error de seguir hablando de la guerra «con un entusiasmo romántico». Los códigos caballerescos de las antiguas guerras, todavía perceptibles en algunas escenas de la Gran Guerra, se batían en franca retirada ante la dura realidad de los nuevos métodos y las nuevas cifras del horror, que empequeñecían el valor de la vida humana a niveles próximos a los de la del insecto y hacían prácticamente imposible engalanar su sacrificio con «festones de heroísmo»: «¡Ved lo que es la guerra! —dice el autor—. Ved que no hay en ella armaduras lucientes, ni clarines sonoros, ni bellos gestos heroicos, ni nobles generosidades, ni estandartes vistosos, sino sangre, miseria, llamas, crímenes, sollozos…».

Las crónicas que llenan estas páginas abarcan tan sólo la primera fase de la guerra, la que se extiende desde noviembre de 1914 hasta el mes de enero del siguiente año. En esta etapa es cuando se produjo el estancamiento brusco de la contienda, motivado por la contradicción entre las estrategias militares, todavía basadas en las guerras de finales del siglo XIX —la franco-prusiana y la de Secesión estadounidense— e incluso en las campañas napoleónicas, y el nuevo armamento. Avances que inicialmente se habían previsto para realizar en unos pocos días dieron lugar a un escenario inesperado en el cual dos líneas estáticas quedaban embarradas una frente a otra en un nuevo tipo de guerra de desgaste donde los hombres morían literalmente como ratas: la guerra de las trincheras. Las excelentes crónicas de Gómez Carrillo se cuentan entre los textos que dieron a conocer este tipo de guerra al mundo.

En cuanto a los escenarios, la guerra que muestra en estos reportajes Gómez Carrillo tiene como principal teatro de operaciones los pueblos de las provincias de Alsacia y Lorena, esto es, los territorios fronterizos que Alemania había arrebatado a Francia tras vencer en la guerra de 1870. Uno de los principales objetivos de la «misión» de periodistas organizada por el Gobierno francés era precisamente contrarrestar la propaganda alemana dando a conocer al pueblo francés y al resto del mundo que el sentimiento de pertenencia de los habitantes de esas tierras seguía siendo francés y que, por ende, las tropas francesas eran vistas allí no como un ejército invasor, sino libertador.

Al describir las políticas de nacionalismo cultural llevadas a cabo por Alemania para germanizar la zona, Gómez Carrillo registró realidades que por desgracia podemos reconocer todavía hoy, bien avanzado el siglo XXI, en entornos nacionalistas cercanos: «Dios sabe, no obstante, si el emperador Guillermo y sus cancilleres han hecho esfuerzos inauditos por germanizar la Lorena anexionada. Cuando un tendero tiene necesidad de pintar de nuevo el rótulo de su establecimiento, la autoridad lo obliga a traducirlo al alemán. Cuando alguien pide, ya no digo favores, pero siquiera justicia, el gobernador le recomienda lo haga en alemán. Cuando un industrial desea no arruinarse, en fin, la cordura le recuerda la conveniencia de mostrarse, por lo menos, algo alemán…».

En 1916 Enrique Gómez Carrillo fue nombrado caballero de la Legión de Honor francesa por su extraordinario trabajo, y poco más tarde se le concedió el título de comendador de dicha orden, un honor que pocas veces se ha concedido a ciudadanos no nacidos en Francia.


Campos de batalla y campos de ruina de Enrique Gómez Carrillo. Colección Desván de Hanta editorial Biblok«Una crónica de la guerra de 1914 desde los campos de batalla contada por un corresponsal de guerra muy especial, una de las principales plumas del modernismo literario.»

En noviembre de 1914, Enrique Gómez Carrillo recibió una invitación del Gobierno francés para visitar los campos de batalla y contar la verdad de la guerra.
Escritor modernista en la cumbre de su fama, académico de la RAE y diplomático, Gómez Carrillo debía a la fuerza convertirse en un reportero de guerra muy especial. En 1916 fue nombrado comendador de la Legión de Honor francesa por su trabajo. Sus crónicas fueron apareciendo en la revista El Liberal y obtuvieron un éxito sonoro. Muchos lectores de España y América conocieron la guerra a través de sus ojos. Como elogia Benito Pérez Galdós en el prólogo de esta obra, Gómez Carrillo posee en «grado muy alto la fuerza descriptiva plasmante y la fuerza emotiva […] Su ágil pluma nos transmite intensas impresiones. Sus cuadros de la guerra tienen la gracia francesa y la emoción española.»

Para adquirir el libro o para mayor información en Editorial Biblok
http://www.biblok.es/No+ficción/Campos+de+batalla+y+campos+de+ruinas/ia164

Campos de batalla y campos de ruina de Enrique Gómez Carrillo. Colección Desván de Hanta editorial Biblok

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